viernes, 21 de diciembre de 2007

La educaZión española

La semana pasada se publicó el informe PISA, el cual examina el nivel de educación de diversos Estados desarrollados, entre ellos el nuestro. El último se realizó en el año 2000, por lo que en el presentado recientemente se han podido comprobar los resultados de nuestro sistema educativo, que fue implantado por el PSOE y modificado posteriormente por el PP.

La conclusión es clara: no se mejora y la tendencia es incluso a empeorar. No obstante, resulta indignante que tengan que venir de fuera a decirnos algo que ya sabemos pero que no queremos creernos (o al menos atajarlo). Quien tenga un familiar o conocido en la educación primaria o secundaria puede corroborar que los conocimientos adquiridos por el estudiante corresponden a niveles educativos inferiores a su curso. De hecho, los profesores de enseñanza secundaria se vienen quejando desde hace años de deficiencias en áreas como matemáticas o lengua castellana en los alumnos que les promocionan desde la enseñanza primaria, problema más agravado aún en el paso a la enseñanza superior.
La carencia de unas bases sólidas en estas materias de carácter transversal impide el desarrollo de los contenidos de éstas en toda su amplitud y limita el grado de asimilación en el resto. Si a ello se aúna la masificación de las aulas, la presencia de alumnos repetidores –en ocasiones conflictivos-, la promoción sin alcanzar los mínimos del curso, la existencia de alumnos procedentes de diversas culturas y la preocupación de la clase política por las asignaturas de teología más que por cualquier otras, ya tenemos listo el caldo de cultivo para la hecatombe educativa que se nos viene encima.

El informe PISA revela que Finlandia es el país que goza de mejor salud en el ámbito de la enseñanza, lo que demuestra que el estado avanzado de progreso de un país (como lo es Finlandia) no está reñido con una juventud rebosante de conocimientos. ¿Y en qué consiste su fórmula tan eficaz? Pues lo primero y lo principal, en que invierten más del doble del Producto Interior Bruto (PIB) que nosotros en la enseñanza. España se parece cada vez más al modelo estadounidense, donde se destina ampliamente mayor presupuesto al ámbito militar que el ámbito educativo. Y si antes nos daba vergüenza ajena que los jóvenes de Estados Unidos no supieran dónde poner en el mapamundi otros países que no fuera el suyo y que su nivel medio de lectura no alcanzara el de un estudiante de 5º de Primaria, más nos vale en España que agachemos la cabeza porque les estamos siguiendo los pasos de cerca.

Resulta paradójico que las comunidades castellanas (salvo Madrid) en las que el informe PISA ha ofrecido unos datos exclusivos para nuestras regiones, el nivel de la enseñanza se sitúa a la cabeza de España. La situación es curiosa ya que si en el ámbito urbano las diferencias en los resultados del informe han de ser parecidas a las de Madrid, parece que el medio rural castellano de estas comunidades eleva esa media; un medio rural que como todos sabemos, no posee muchos recursos y una parte importante de sus alumnos procede de una enseñanza primaria en la que un mismo profesor imparte clase al mismo tiempo a estudiantes de distintos cursos.

Quizás por ahí esté resida una de las soluciones a este suspenso de nuestro sistema educativo por parte del informe PISA, aunque en todo caso, esta alternativa seguirá estando alejada del meritorio sobresaliente asignado a los países septentrionales de Europa.

martes, 11 de diciembre de 2007

¿Y qué le vamos a hacer?

Viajando la semana pasada por La Ribera tuve la ocasión de compartir parte de mi viaje con un vecino de Quintanilla de Arriba. Este municipio, de la comarca de La Ribera baja (zona de Peñafiel), pese a su buena comunicación por carretera, sufre los mismos problemas que muchos pueblos castellanos: emigración, envejecimiento, abandono…

El vecino en cuestión era un señor mayor, de voz entrecortada y mirada agotada; puede que por el viaje o puede que por los achaques de la vida, pero en todo caso, sus comentarios eran muy interesantes aunque a veces denotaran pesimismo como si cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor.

Su interés por mi ocupación dio pie a una conversación de temas más generales, que si bien no iban a desembocar en resolver ningún misterio, el hecho de oírles con un enfoque distinto y más sabio siempre genera admiración, con el añadido de ser una opinión extendida y de peso determinante en el medio rural de Castilla: la opinión de la población anciana.

Lo primero fue el tema laboral: ¡Qué difícil está encontrar trabajo en esta tierra! Fue una valoración unánime. -Bueno –dijo- en Valladolid y en Aranda de Duero hay bastante industria. –No lo creo así –le maticé- pues cada vez cierran más empresas y nos estamos quedando sin nada.

Asintió con la cabeza, pero acto seguido sacó una frase hecha de “quien quiere, puede encontrarlo”. He de reconocer que aquello me molestó en cierta manera, pues parece que la juventud castellana emigra porque no sabe buscar trabajo… De tal guisa le indiqué que mi futuro laboral, como el de cualquier joven castellano se encaminaría, en el mejor de los casos, hacia Madrid o, con más seguridad, hacia el País Vasco o Cataluña. Sin embargo mi afirmación no le causó sorpresa –en parte-, corroborándolo con que “Madrid no está tan lejos”. Sí que incidió en el caso del País Vasco, en el que me advirtió de la convulsión política, o de Cataluña y de mi desconocimiento, como oriundo de Castilla, de la lengua catalana. -¿Y qué hago entonces? –le contesté- Si aquí no encuentro trabajo de acuerdo a mi perfil profesional o al menos, que tenga un sueldo de cuatro cifras o que me dé estabilidad, ¿Cree usted que voy a negarme a aprender catalán si de ello depende tener una vida digna?

Después de unos segundos, el hombre insistió en la gran bolsa de trabajo que hay en Madrid y volvió a recalcar que por aquí (el corredor del Duero) también se puede encontrar trabajo aunque no sea comparable numéricamente con la capital. –Bueno, –concreté- reconozco que algo de trabajo existe, pero los puestos cualificados o simplemente, los que merecen la pena, ya están ocupados o simplemente asignados a “hijos de”, “familia de” o “amigos de”, de tal forma que si hace una valoración global de lo que hay es como si no hubiera nada. -¿Y qué le vamos a hacer? –me espetó- si tú tuvieras un hijo también le procurarías un buen puesto de trabajo si ello dependiera de ti.
Pues no supe qué responderle. Es una de esas verdades que duelen porque todo el mundo denuncia pero nadie reconoce en su entorno más próximo. Injusta, pero generalmente lícita.

Por tocar un tema cercano para él, le ejemplifiqué la decadencia industrial castellana con un hecho que pronto afectará a su zona: el inminente cierre de la azucarera de Peñafiel. ¿Qué será de esta subcomarca a partir de ahora?. Cabe reseñar que si el tercio oriental de la provincia de Valladolid ya está de por sí muy deprimido económicamente, la desaparición de esta fábrica lo deja con el único futuro del sector vitivinícola, el cual evidentemente no tiene capacidad para compensar o absorber semejante destrucción de puestos de trabajo.

A estas alturas el hombre se contagió de mi pesimismo. -¡Qué políticos más incompetentes tenemos! –exclamó-. ¡Si en vez de mirar tanto su bolsillo se preocuparan más por sus ciudadanos, “otro gallo cantaría”! A continuación hizo memoria para explicarme su exaltación. –Cuando Luis Mateos era alcalde de Aranda (años 50), removió cielos y tierra para llevarse el polo de descongestión industrial de Madrid a su localidad. Viajó mucho y tuvo que hacer buenas migas con el presidente de las Cortes. El caso es que sabiéndose mover e insistiendo, lo consiguió. En cambio, el alcalde de Peñafiel también tuvo la oportunidad de dar igual impulso a la localidad y bien claro está que no movió un dedo: hoy viven 5.000 personas en Peñafiel frente a las 32.000 de Aranda, pese a que antes eran parecidas en población. Hoy en día ningún político hace nada más allá de sus intereses: ni en los ayuntamientos, ni en la Junta de Castilla y León –afirmó-. “Totalmente de acuerdo”, le expresé mediante gestos.

Ya estábamos llegando a Quintanilla de Arriba y el señor expresó su agradecimiento (mutuo) por la conversación pero de la que seguro fueron oyentes otros viajeros, quienes, como todo los castellanos hacen cuando afloran temas de política alrededor, escucharon pero se mantuvieron al margen.
El caso es que no pude despedirme de él sin preguntarle sobre la abandonada línea férrea Valladolid-Ariza, ahora que está a punto de inaugurarse la línea de Alta Velocidad Madrid-Valladolid mientras el servicio ferroviario en Castilla es menguado a pasos agigantados.
-¿Qué me dice del tren que pasaba antes por su pueblo? –le dije interesado- ¿Paraba en Quintanilla de Arriba? ¿Lo cogía a menudo? Dada mi insistencia afirmó: -Sí, aunque eran trenes de ésos antiguos, bastante lentos y malos. Pero la línea la cerraron ya hace mucho tiempo (1984). -¿Y aún así –precisé- no cree que hubiera sido mejor que se mantuviera abierta para que ahora pudieran ustedes elegir en ir en bus o en tren hasta Quintanilla?>-Sí –manifestó-, pero ¿Y qué le vamos a hacer?

“¿Empezando por no votar a los dos partidos de siempre?”, pensé.

viernes, 7 de diciembre de 2007

DESCENTRALIZACIÓN: LA CESIÓN DE LAS COMPETENCIAS


Autonomía: región que no depende de otra u otras. En otras palabras, comunidad “in” y “dependiente”, que unidas forman un palabro con tendencia a provocar reacciones alérgicas entre muchos políticos y sus instituciones. Sin embargo, cuando se apellida a nuestra comunidad de “autónoma”, ¿se está hablando en el amplio sentido de este término? Claramente, no. Empujados por presiones nacionalistas periféricas, los gobernantes se ven obligados a un traspaso forzoso de competencias, las cuales están concentradas en el gobierno del Estado.

La descentralización no es un proceso que agrade demasiado a los sectores políticos dominantes, a pesar de que, contradictoriamente, privatizar bienes estatales es una de las joyas que se heredarán de sus mandatos. Por lo tanto, actualmente asistimos a un traspaso a regañadientes, pero que agradecen, y todo ello con el objetivo de ayudar a fomentar una conciencia regional en todos los rincones del Estado, pues en muchos de éstos, entre los que está nuestra comunidad, la identidad regional se ve reducida a lo poco que se nos ha hecho ver que tenemos en común entre todos los que la formamos: la Junta de Castilla y León.

No obstante, algunas veces se atisban iniciativas para dar cierta cohesión a las nueve provincias y que parezcan sólo una. Pero la verdad es que las intenciones reales de los políticos muchas veces acaban recortando los efectos deseados, pues tienen que andar con los pies de plomo para que el fomentar la comunidad no se convierta en un germen que despierte una identidad regional o nacional general e imparable. Este sentimiento de unión podría desplazar su posición hegemónica en la comunidad (ya que ellos no apoyarían semejante exaltación de nuestros rasgos culturales) y sustituir la imagen grandiosa que se nos vende de “Una Grande y Libre” por una apuesta por la región o la nación, Castilla. Esto no les conviene.

A menudo da la sensación de que a nuestros gobernantes no les importa que nos ahoguemos en el mar de la ignorancia. De tal guisa llegamos hasta el punto de que a la sociedad le es indiferente que su vida se rija desde aquí o desde la capital del Estado, aunque por otro lado, no hay mal que por bien no venga, y cuando se nos humilla desde otras comunidades por rebajarnos ante el gobierno central, ni nos damos por aludidos (sufrimos menos, quizás por eso tenemos tan alta la esperanza de vida).

Aunque la versión “oficial” de la descentralización se antoje desconcertante, no hay que engañarse. Ésta cesión de competencias puede parecer una apuesta excesivamente arriesgada para nuestros políticos por el resurgir del regio o nacionalismo, pero en realidad están pretendiendo justo un efecto contrario: repartirse una golosa y enorme tarta de competencias en forma de puestos institucionales (que cubrirán ellos exclusivamente) sin tener, por ello, que renunciar en ningún momento a su omnipotente control sobre la ideología de la sociedad y ante todo a su dependencia política y económica del gobierno central.

Por esta razón, aunque se nos muestren quejicosos ante esta llegada de competencias, no hacen un ápice por detenerla y eso que podrían negarse tajantemente gracias a su mayoría absoluta que les dota de un poder inquebrantable y que en otras ocasiones sí suelen dar uso para desacreditar la opinión general de la sociedad (Iraq, LOU,...). Y la historia se repite de nuevo: ¿estamos preparados y concienciados para asumir tanta responsabilidad en esta comunidad en vías de autonomización? Otra vez, la respuesta es no.

Por suerte, el tiempo acabará demostrando que la descentralización no es una elección correcta en estos tiempos o al menos no de cara al beneficio que ha supuesto para otras comunidades. Así que, como siempre, el enriquecimiento de unos pocos acaba prevaleciendo sobre el progreso de todo un pueblo.

El día que Castilla esté estructurada conforme a sus intereses y exista una identidad definida entre los castellanos, entonces no será óbice comenzar el proceso de descentralización. El alcanzar una autonomía plena debe responder a una necesidad real de la sociedad, lo que garantiza el éxito de esta independencia, pero en ningún caso debe realizarse como un mero trámite impuesto por la política estatal y la desvergüenza de quienes elegimos, que es como se está haciendo.
Ya lo dice el refrán: lo que mal comienza, mal acaba.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

EL VIRREINATO DE LAS CINCO CASTILLAS

Cualquier persona de la Edad Media que levantara la cabeza y viera qué es lo que queda de la otrora imperial Castilla, no sólo preferiría haberse quedado como venía estando, sino que además comprobaría el cambio de papeles que la Historia ha decidido otorgar a esta nación. En otras palabras, Castilla ha pasado a ser una grandísima colonia, perteneciente a una tal metrópoli de forma periférica, con quien se llama España (quien piense que con Cuba se acabó el Imperio debiera recapitular o se estaría siendo incoherente con la pobre, pero qué más da, Castilla).

Los castellanos, digo, los castellano-leoneses, castellano-manchegos, riojanos, cántabros, en gran parte los madrileños y quizás las gentes de otras colonias españolas, como personas que están orgullosas de su tierra, no pueden por menos mostrar su admiración, respeto y sentimiento de pertenencia hacia una metrópoli tan fuerte como es España, a la que defienden, hacen suya y enarbolan, porque como bien saben, es la que dirige sus vidas y les permite gozar de ciertas libertades (que no plenos derechos) equiparables a las de la gente de la metrópoli. Además, es un caso único el de España, pues, su capital, la ciudad de Madrid, es un enclave dentro de las colonias españolas, un gesto por parte de España que éstas agradecen profundamente.

España, en su buen hacer de vertebrar todo el Estado, perdón, de vertebrar toda la metrópoli, crea infraestructuras que casi siempre pasan por sus colonias, una acción tenida en cuenta por éstas, porque se podría unir Madrid con la periferia mediante puentes aéreos y dejar de lado a las colonias. Esto podría provocar que ellas se sintieran un poquitín olvidadas y tal vez se enfadaran... pero bueno, aún así tampoco eso es un problema para la gran metrópoli española, porque ya lo consideró en 1.982 y 1.983, cuando se encargó de dividir a Castilla (en particular) en 5 zonas para que fuera mejor manejar a su gusto a cada una. Así que, teniendo tal control de la situación, España tira líneas rectas de autovías y otras infraestructuras por sus colonias, sin importar lo más mínimo que, ¡oh, Dios mío! Crucen por allí las hoces conquenses del río Cabriel. Pues que se quiten del medio, que molestan.

No obstante, las colonias españolas desempeñan su papel a la perfección, porque para eso son lo que son. Su función es abastecer a la metrópoli y ayudar a que ésta se enriquezca, ya que saben que siempre acaba repercutiendo en ellas de algún modo. Así que les parece perfecto que el Duero o que el Tajo sean ríos de curso irregular, si a las huertas de la metrópoli les hace falta el agua para sus cultivos, porque a Castilla le llega más al corazón un campo de naranjos secos que una vega yerma, aunque los agricultores “coloniales” sean los únicos que no lo vean con los mismos ojos.

A la metrópoli hay que tenerla siempre contenta. Si ésta exige energía eléctrica, las colonias no pueden negarse porque son las que más recursos tienen: así que en Castilla podemos encontrarnos unas centrales nucleares por aquí, otras tantas térmicas por allí, torres de alta tensión por diestro y siniestro, saltos de agua en cada escalón de los ríos y ahora también, lo que está de moda, los parques eólicos. Fíjate qué moderna y ecológica se está volviendo España, donde la energía eólica va a ayudar a eliminar las centrales nucleares y térmicas de su metrópoli (que no las de las colonias). Es todo un orgullo el avance en este campo. Encima los problemillas que producen los parques eólicos son realmente insignificantes, porque el hecho de que ya haya más molinos de viento en el Páramo de Masa y La Mancha que árboles en toda la meseta es irrisorio si una empresa muy importante decide instalarse en la metrópoli y le hace falta esa energía. Y no hay que preguntarse por qué esa tal industria no se ha montado en las colonias como Castilla, ya que nos gusta ser solidarios con la periferia, y si ese problema sólo afecta a los Aguilar de Campoo, a mí me es indiferente porque vivo en Valladolid. Que se quejen y le hagan el boicot a United Biscuit ellos solitos, que aquí ya tengo yo bastante con lo que se me viene encima en Michelín, porque muy poca gente nos está apoyando...

Por otro lado, por qué se tiene que ser tan machacón con lo de la pérdida demográfica de Castilla, ¿a que sí? Si España aumenta población y el granero está lleno, ¿dónde está el problema? Eso sí, la natalidad española, la más baja del mundo, es un tema muy serio, menos mal que la periferia del Estado se encarga de aumentarla y el asunto está resuelto: que en Burgos desaparecen para siempre 20 de sus 1.160 pueblos en un solo año, ¡vaya noticia más absurda!. Peor sería que se despoblase solamente uno de los de la periferia, porque como son tan pocos, se notaría mucho su pérdida. Además, mucho pueblo, mucho pueblo, y luego no tienen nada interesante... la iglesia a lo más pedir. Las tradiciones, las historias,... eso, eso te lo encuentras igualito en el pueblo de al lado, por lo que no hay que exagerar las cosas, ¿verdad? La gente de la metrópoli lo tiene clarísimo en este aspecto y los que vivimos en las colonias, por no llevarles la contraria, también.

En el campo de la política la distinción metrópoli-colonia es, por necesidad, abismal. La metrópoli pide, las colonias siempre apoyan. Las colonias piden y si a la metrópoli le conviene, también apoya. Parece justo. Sin embargo, lo que las colonias no entienden es por qué algunas partes de la metrópoli quieren emanciparse. Es algo que los castellanos, como fieles españoles que somos, no alcanzamos a comprender. ¡Si les damos todo lo que nos piden! ¡Si somos capaces de emigrar a ellos, adaptarnos, tomar como nuestras sus señas de identidad e incluso aborrecer a nuestra propia tierra natal, si con ello nos dan la oportunidad de trabajar o de realizarnos como personas! Es por eso que los castellanos creemos que es más importante defender una cohesión de todo el Estado antes que pedir la de nuestra propia nación, que consideramos meros límites internos del mismo, ¿O me equivoco?

Bueno, éstas y muchas más son las paradojas que surgen en nuestra colonia llamada Virreinato de Castilla-León, el resto de virreinatos de Castilla y algunos más. Yo, que nací en uno de los tantos pueblecitos castellanos, como buen español que soy, no sé si despedirme diciendo “agur” o “adeu”, por si tal vez una de todas las personas que lean esto sea vasca o catalana, ya que, aunque este artículo no va a comprendido fuera de Castilla, me “mola” un montón despedirme en otros idiomas, a parte de que soy muy cortés y tolerante, sobre todo con la gente de raíces castellanas que viene de la metrópoli a veranear aquí, y que defienden estas lenguas como si fueran suyas de toda la vida. Porque yo, que sepa, hablo español y ellos también lo hacen (aunque prefieran llamarlo castellano), por lo que no tengo que defenderlo ni hablarlo constantemente debido a que no lo siento como algo particularmente mío. No obstante, si un saludo puede parecer soso, mejor te bailo una muñeira, o mejor aún, una sevillana, que las llevo aprendiendo toda la vida y es algo que hoy en día le gusta muchísimo a la gente. Eso sí, no me pidas una jota, que a parte de parecerme una cosa anticuada, apenas la conozco, y además me son todas iguales. ¿Te hace pues una sevillana?

Por último hazte un favor: por tu bien, cree sin excepción en todo lo que te he dicho y en algo más que tú, por los valores imperialistas que te han inculcado, eres capaz de deducir, porque de lo contrario no tendrás suficientes lágrimas en los ojos para llorar por la agonía a la que han condenado a tu tierra, ni suficiente inteligencia para comprender que su situación ha sido y es propiciada por gente de ella misma, de Castilla, de tu Castilla, de mi Castilla.
¡Apuesta por tu tierra: es tu decisión. Ahora o nunca!