martes, 11 de diciembre de 2007

¿Y qué le vamos a hacer?

Viajando la semana pasada por La Ribera tuve la ocasión de compartir parte de mi viaje con un vecino de Quintanilla de Arriba. Este municipio, de la comarca de La Ribera baja (zona de Peñafiel), pese a su buena comunicación por carretera, sufre los mismos problemas que muchos pueblos castellanos: emigración, envejecimiento, abandono…

El vecino en cuestión era un señor mayor, de voz entrecortada y mirada agotada; puede que por el viaje o puede que por los achaques de la vida, pero en todo caso, sus comentarios eran muy interesantes aunque a veces denotaran pesimismo como si cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor.

Su interés por mi ocupación dio pie a una conversación de temas más generales, que si bien no iban a desembocar en resolver ningún misterio, el hecho de oírles con un enfoque distinto y más sabio siempre genera admiración, con el añadido de ser una opinión extendida y de peso determinante en el medio rural de Castilla: la opinión de la población anciana.

Lo primero fue el tema laboral: ¡Qué difícil está encontrar trabajo en esta tierra! Fue una valoración unánime. -Bueno –dijo- en Valladolid y en Aranda de Duero hay bastante industria. –No lo creo así –le maticé- pues cada vez cierran más empresas y nos estamos quedando sin nada.

Asintió con la cabeza, pero acto seguido sacó una frase hecha de “quien quiere, puede encontrarlo”. He de reconocer que aquello me molestó en cierta manera, pues parece que la juventud castellana emigra porque no sabe buscar trabajo… De tal guisa le indiqué que mi futuro laboral, como el de cualquier joven castellano se encaminaría, en el mejor de los casos, hacia Madrid o, con más seguridad, hacia el País Vasco o Cataluña. Sin embargo mi afirmación no le causó sorpresa –en parte-, corroborándolo con que “Madrid no está tan lejos”. Sí que incidió en el caso del País Vasco, en el que me advirtió de la convulsión política, o de Cataluña y de mi desconocimiento, como oriundo de Castilla, de la lengua catalana. -¿Y qué hago entonces? –le contesté- Si aquí no encuentro trabajo de acuerdo a mi perfil profesional o al menos, que tenga un sueldo de cuatro cifras o que me dé estabilidad, ¿Cree usted que voy a negarme a aprender catalán si de ello depende tener una vida digna?

Después de unos segundos, el hombre insistió en la gran bolsa de trabajo que hay en Madrid y volvió a recalcar que por aquí (el corredor del Duero) también se puede encontrar trabajo aunque no sea comparable numéricamente con la capital. –Bueno, –concreté- reconozco que algo de trabajo existe, pero los puestos cualificados o simplemente, los que merecen la pena, ya están ocupados o simplemente asignados a “hijos de”, “familia de” o “amigos de”, de tal forma que si hace una valoración global de lo que hay es como si no hubiera nada. -¿Y qué le vamos a hacer? –me espetó- si tú tuvieras un hijo también le procurarías un buen puesto de trabajo si ello dependiera de ti.
Pues no supe qué responderle. Es una de esas verdades que duelen porque todo el mundo denuncia pero nadie reconoce en su entorno más próximo. Injusta, pero generalmente lícita.

Por tocar un tema cercano para él, le ejemplifiqué la decadencia industrial castellana con un hecho que pronto afectará a su zona: el inminente cierre de la azucarera de Peñafiel. ¿Qué será de esta subcomarca a partir de ahora?. Cabe reseñar que si el tercio oriental de la provincia de Valladolid ya está de por sí muy deprimido económicamente, la desaparición de esta fábrica lo deja con el único futuro del sector vitivinícola, el cual evidentemente no tiene capacidad para compensar o absorber semejante destrucción de puestos de trabajo.

A estas alturas el hombre se contagió de mi pesimismo. -¡Qué políticos más incompetentes tenemos! –exclamó-. ¡Si en vez de mirar tanto su bolsillo se preocuparan más por sus ciudadanos, “otro gallo cantaría”! A continuación hizo memoria para explicarme su exaltación. –Cuando Luis Mateos era alcalde de Aranda (años 50), removió cielos y tierra para llevarse el polo de descongestión industrial de Madrid a su localidad. Viajó mucho y tuvo que hacer buenas migas con el presidente de las Cortes. El caso es que sabiéndose mover e insistiendo, lo consiguió. En cambio, el alcalde de Peñafiel también tuvo la oportunidad de dar igual impulso a la localidad y bien claro está que no movió un dedo: hoy viven 5.000 personas en Peñafiel frente a las 32.000 de Aranda, pese a que antes eran parecidas en población. Hoy en día ningún político hace nada más allá de sus intereses: ni en los ayuntamientos, ni en la Junta de Castilla y León –afirmó-. “Totalmente de acuerdo”, le expresé mediante gestos.

Ya estábamos llegando a Quintanilla de Arriba y el señor expresó su agradecimiento (mutuo) por la conversación pero de la que seguro fueron oyentes otros viajeros, quienes, como todo los castellanos hacen cuando afloran temas de política alrededor, escucharon pero se mantuvieron al margen.
El caso es que no pude despedirme de él sin preguntarle sobre la abandonada línea férrea Valladolid-Ariza, ahora que está a punto de inaugurarse la línea de Alta Velocidad Madrid-Valladolid mientras el servicio ferroviario en Castilla es menguado a pasos agigantados.
-¿Qué me dice del tren que pasaba antes por su pueblo? –le dije interesado- ¿Paraba en Quintanilla de Arriba? ¿Lo cogía a menudo? Dada mi insistencia afirmó: -Sí, aunque eran trenes de ésos antiguos, bastante lentos y malos. Pero la línea la cerraron ya hace mucho tiempo (1984). -¿Y aún así –precisé- no cree que hubiera sido mejor que se mantuviera abierta para que ahora pudieran ustedes elegir en ir en bus o en tren hasta Quintanilla?>-Sí –manifestó-, pero ¿Y qué le vamos a hacer?

“¿Empezando por no votar a los dos partidos de siempre?”, pensé.