viernes, 7 de diciembre de 2007

DESCENTRALIZACIÓN: LA CESIÓN DE LAS COMPETENCIAS


Autonomía: región que no depende de otra u otras. En otras palabras, comunidad “in” y “dependiente”, que unidas forman un palabro con tendencia a provocar reacciones alérgicas entre muchos políticos y sus instituciones. Sin embargo, cuando se apellida a nuestra comunidad de “autónoma”, ¿se está hablando en el amplio sentido de este término? Claramente, no. Empujados por presiones nacionalistas periféricas, los gobernantes se ven obligados a un traspaso forzoso de competencias, las cuales están concentradas en el gobierno del Estado.

La descentralización no es un proceso que agrade demasiado a los sectores políticos dominantes, a pesar de que, contradictoriamente, privatizar bienes estatales es una de las joyas que se heredarán de sus mandatos. Por lo tanto, actualmente asistimos a un traspaso a regañadientes, pero que agradecen, y todo ello con el objetivo de ayudar a fomentar una conciencia regional en todos los rincones del Estado, pues en muchos de éstos, entre los que está nuestra comunidad, la identidad regional se ve reducida a lo poco que se nos ha hecho ver que tenemos en común entre todos los que la formamos: la Junta de Castilla y León.

No obstante, algunas veces se atisban iniciativas para dar cierta cohesión a las nueve provincias y que parezcan sólo una. Pero la verdad es que las intenciones reales de los políticos muchas veces acaban recortando los efectos deseados, pues tienen que andar con los pies de plomo para que el fomentar la comunidad no se convierta en un germen que despierte una identidad regional o nacional general e imparable. Este sentimiento de unión podría desplazar su posición hegemónica en la comunidad (ya que ellos no apoyarían semejante exaltación de nuestros rasgos culturales) y sustituir la imagen grandiosa que se nos vende de “Una Grande y Libre” por una apuesta por la región o la nación, Castilla. Esto no les conviene.

A menudo da la sensación de que a nuestros gobernantes no les importa que nos ahoguemos en el mar de la ignorancia. De tal guisa llegamos hasta el punto de que a la sociedad le es indiferente que su vida se rija desde aquí o desde la capital del Estado, aunque por otro lado, no hay mal que por bien no venga, y cuando se nos humilla desde otras comunidades por rebajarnos ante el gobierno central, ni nos damos por aludidos (sufrimos menos, quizás por eso tenemos tan alta la esperanza de vida).

Aunque la versión “oficial” de la descentralización se antoje desconcertante, no hay que engañarse. Ésta cesión de competencias puede parecer una apuesta excesivamente arriesgada para nuestros políticos por el resurgir del regio o nacionalismo, pero en realidad están pretendiendo justo un efecto contrario: repartirse una golosa y enorme tarta de competencias en forma de puestos institucionales (que cubrirán ellos exclusivamente) sin tener, por ello, que renunciar en ningún momento a su omnipotente control sobre la ideología de la sociedad y ante todo a su dependencia política y económica del gobierno central.

Por esta razón, aunque se nos muestren quejicosos ante esta llegada de competencias, no hacen un ápice por detenerla y eso que podrían negarse tajantemente gracias a su mayoría absoluta que les dota de un poder inquebrantable y que en otras ocasiones sí suelen dar uso para desacreditar la opinión general de la sociedad (Iraq, LOU,...). Y la historia se repite de nuevo: ¿estamos preparados y concienciados para asumir tanta responsabilidad en esta comunidad en vías de autonomización? Otra vez, la respuesta es no.

Por suerte, el tiempo acabará demostrando que la descentralización no es una elección correcta en estos tiempos o al menos no de cara al beneficio que ha supuesto para otras comunidades. Así que, como siempre, el enriquecimiento de unos pocos acaba prevaleciendo sobre el progreso de todo un pueblo.

El día que Castilla esté estructurada conforme a sus intereses y exista una identidad definida entre los castellanos, entonces no será óbice comenzar el proceso de descentralización. El alcanzar una autonomía plena debe responder a una necesidad real de la sociedad, lo que garantiza el éxito de esta independencia, pero en ningún caso debe realizarse como un mero trámite impuesto por la política estatal y la desvergüenza de quienes elegimos, que es como se está haciendo.
Ya lo dice el refrán: lo que mal comienza, mal acaba.